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Mediatarde

Sentado en su sillón preferido, el chico espera que la madre le acerque la mediatarde como todos los días, mientras él juega en la playstation su deporte favorito, el basquet. Hay muchos juegos que los demás chicos prefieren a éste, pero no le importa en absoluto. El preferido para él, es el basquet. Y ha logrado dominarlo lo suficiente como para destruir a sus amigos cuando vienen y juegan partidas de a dos o más. Es implacable. No llegan ni a la mitad del puntaje que él alcanza y lo hace una y otra vez de manera de dejar bien en claro que no es producto de la casualidad ni nada parecido, él es el mejor. Y tienen que reconocerlo. Si no, no salen de la sala de juegos. -¡Decilo, vamos decilo! -grita a su oponente. -Está bien, sos el mejor ¡pesado! -le contestan habitualmente dando un portazo. Él se rie a carcajadas después de esta escena que se repite una y otra vez en su casa, al final de cada partida. Es un chico odioso, con esa habilidad extraña y poco productiva. C...

Para seguir viviendo (II)

Fueron los chicos de la facultad.  Todos juntos.  Todos ellos, que son unos idiotas, que son unos tarados, que cómo se les ocurre pegarle semejante susto un día como este,  cuando más necesitaba descansar para preparar un final, que estaba tomando un té de arroz que le habían aconsejado para el malestar estomacal.  Chicos... son unos tarados, ya lo saben. Ella íntimamente, claro, estaba feliz de que no hubiera sido la policía o algo peor.  Sin embargo el susto se lo había llevado, le habían dado un buen remezón a su mañana.   No había dudas.  Pero ahora ya le dieron ganas de salir, ya se sentía bien, con ganas de aceptar la invitación a tomar mates al parque, cosa que ella sabía disfrutar habitualmente.  Pronto, quizás lo haría con Estela.  Y ella traería las masitas de la panadería de su negocio.  Sabía que valían la pena, que eran ricas, que estaban muy bien hechas y todo eso.  Por lo pronto, debía conformarse con ir al pa...

Para seguir viviendo

Lo mira fascinada, pensando cuánto amor, cuánta locura aquellos días de primavera cuando se conocieron y empezaron a salir, a frecuentarse animadamente.   Lo mira jugando al fútbol, con sus amigos, en el baldío cercano que alguien regaba aprovechando las acequias que había en la ciudad, que traían agua de quién sabe donde y que la gente usaba para regar las plantas y las calles de tierra.   También lo observa cuando arregla un auto para competir en las carreras de speedway. Pero ahí la dificultad son los auspiciantes.  Todo el revuelo se arma llegando el fin de semana, porque a la noche tienen que presentar el auto, y correr.  Hay que llegar afinados, con el auto bien armado para ganar por las buenas o por las malas. Había abandonado los planes de ir a estudiar a la capital de la provincia.  Es que por aquel muchacho era capaz de cualquier cosa, sería capaz de eso y mucho más.  Tan fuerte era su amor a esta altura de las cosas.  Lo sentía así, y que...

Guara

Se encomienda a Dios, y cruza decidido la calle.  Al otro lado se encuentra con su tío, un cura franciscano de unos 40 años que viene de celebrar misa junto a su perro.  El perro no celebra la misa, lo espera fuera de la iglesia y a la salida se van caminando juntos. El sacerdote acaricia gentilmente a su perro y camina, llevando una bolsa del supermercado donde tiene lo mínimo indispensable para el fin de semana que le espera en su confinamiento de oración y celebraciones.  Nada le interesa más que sus tareas habituales y el fútbol de fin de semana.  A veces va a la cancha pero sólo cuando está de vacaciones en casa de su familia a mil kilómetros de allí en otra ciudad, en otro estado del país, con otra liga deportiva, allí sí que se juega al fútbol de verdad.  En este pueblito sólo hay gente que se junta a hacer picados en terrenos baldíos y a gritar nombres extraños de jugadores extraños, que solo se conocen de verlos en televisión o de los álbumes de figur...

Manta

"No me gusta tu ruindad.  Esa de levantarle la mano a una niña temerosa y sensible que no entiende tu desesperación, ni tu malévola audacia de pegarle en la mitad de la noche por algo tan trivial como olvidarse una carpeta en la casa de su compañera.  Entre vos y yo, hay algo personal, como decía la canción.   Estoy al acecho.  En cualquier momento nos cruzamos y te pongo patas para arriba, en esto quiero ser claro: no te voy a perdonar que hayas hecho lo que dicen que hiciste con esa criatura.  Estoy atento y podría hacer lo mismo con vos, dejarte desfigurado el rostro, quebrada la mandíbula, moretones por todos lados.  Es que no se puede creer.  Hasta ayer me decías en el chat, lo mal que te caían las noticias de violencia de género en la televisión, y te indignabas terriblemente por lo que leías en internet.  Caradura, no tenés vergüenza.  Decirme a mí, que irías y matarías sin pensarlo al primer hijoputa que encontraras en la cá...

Todo terreno

Sencillez. Así debe ser.  Es lo más importante de la vida, y de las computadoras.  Pensaba en eso Julio cuando golpearon la puerta más ansiosamente que de costumbre.  -¡Sí, ya va! -gritó. Era su vecino, un viejo jugador de ajedrez que había perdido su gato, la última vez que lo vio, se escabulló por el techo, decía nervioso y suponía que podía estar en su patio, atraído por la carne a las brasas que sabe cocinar él.  Pero no, aseguraba Julio, aquí no está. -Estuve revisando el patio porque te escuché gritar y no está.  Te lo juro, si querés podés entrar y dar un vistazo pero no pierdas tiempo, mejor buscalo en otro lado.  Acá no está. El vecino dio media vuelta sobre sus pasos, cerrando la puerta de un golpe.  Estaba seguro que el gato sí estaba allí y que su vecino lo estaba ocultando sólamente para hacerle la vida más insoportable.  Pobrecito su gato, era el último amigo que le quedaba desde la muerte de su madre.  Se había...

Apuestas

Se escuchaban algunos perros ladrar desesperados cada diez o quince minutos y después el silencio.  El vecino disparó un arma de grueso calibre y era inevitable pensar lo peor a esa hora.   Había rajado el silencio de la noche, como un rayo mortal sacude el frío nocturno en el desierto. Imaginó que su padre de pronto abría la puerta y lo invitaba a jugar apuestas sobre caballos esa misma tarde.  Los apostadores se jugaban la vida allí pero él odiaba las apuestas y cualquier asunto relacionado con los juegos de azar.  Le parecían una invitación al resentimiento, a la envidia, a la fuerza de la naturaleza cuando parece destruir los hogares al desatar su furia, e interrumpe la vida con algo llamado muerte. Su madre dormía sonoramente en la habitación cercana, y en su ronquido parecía imitar una vieja canción de cuna.  Ella había logrado algo siniestro: que su ronquido recordara una canción de cuna.  Algún día mataría a la vieja, se decía cada ta...