viernes, 17 de mayo de 2013

Todo terreno


Sencillez. Así debe ser.  Es lo más importante de la vida, y de las computadoras.  Pensaba en eso Julio cuando golpearon la puerta más ansiosamente que de costumbre.  -¡Sí, ya va! -gritó.

Era su vecino, un viejo jugador de ajedrez que había perdido su gato, la última vez que lo vio, se escabulló por el techo, decía nervioso y suponía que podía estar en su patio, atraído por la carne a las brasas que sabe cocinar él.  Pero no, aseguraba Julio, aquí no está.

-Estuve revisando el patio porque te escuché gritar y no está.  Te lo juro, si querés podés entrar y dar un vistazo pero no pierdas tiempo, mejor buscalo en otro lado.  Acá no está.

El vecino dio media vuelta sobre sus pasos, cerrando la puerta de un golpe.  Estaba seguro que el gato sí estaba allí y que su vecino lo estaba ocultando sólamente para hacerle la vida más insoportable.  Pobrecito su gato, era el último amigo que le quedaba desde la muerte de su madre.  Se había convertido en su amigo inseparable.  Continuamente conversaba con él, le contaba sus secretos, le abría su corazón ya que desde hacía un tiempo estaba solo, completamente.  Su madre había fallecido en un accidente terrible de tránsito.  Volcaron a muy alta velocidad con sus compañeras docentes y habían juntado su cuerpo desperdigado ante el violento impacto contra un árbol añoso y firme.  La noticia y la visión del cuerpo sin vida de su madre le hicieron olvidar para siempre su vida.  Su gato se convirtió en lo único que lo traía de vuelta a la tierra, cada vez que tenía que alimentarlo o darle agua, o llevarlo al veterinario, todas tareas que ejecutaba con rigor científico no sea que se enfermara o hiciera algo que fuera indebido para el animal.

Julio a menudo lo veía hablar sólo y le preocupaba esa costumbre arraigada en el vecino.  En eso nos convertimos gracias a vos, soledad.  Te conozco.  Sos la ruina de las personas, maldita, pensaba.  Su vecino movía las manos, gesticulaba, conversaba con seres imaginarios, todo ante la mirada incrédula de Julio que no sabía qué hacer ni decir, pero se consolaba pensando que al menos no alteraba la paz del barrio, era su locura tranquila la que lo tenía así en esa condición, que mejor saldría él también a buscar el gato para darle un poco de alivio a ese pobre hombre, ya mayor de cuarenta, que erraba por la vida sin rumbo y en soledad, como un hermético objeto volador en el espacio.

Volvió a sus pensamientos.  Sencillez.  Así deben ser las cosas en el terreno informático.  Por qué complicarse la vida inútilmente si al final todo terminaría ocurriendo de igual modo.  Las inspecciones eran habituales, cada vez más frecuentes,  no había desarrollo que se les pusiera a la par.  Siempre encontraban algo que argumentar en contra del sistema, siempre había algo que rehacer y él quedaba en el medio una y otra vez, sintiendo que todo su trabajo había sido un tremendo error, una montaña de basura, un tiempo perdido sin ninguna razón ni sentido.

lunes, 29 de abril de 2013

Apuestas

Se escuchaban algunos perros ladrar desesperados cada diez o quince minutos y después el silencio.  El vecino disparó un arma de grueso calibre y era inevitable pensar lo peor a esa hora.   Había rajado el silencio de la noche, como un rayo mortal sacude el frío nocturno en el desierto.

Imaginó que su padre de pronto abría la puerta y lo invitaba a jugar apuestas sobre caballos esa misma tarde.  Los apostadores se jugaban la vida allí pero él odiaba las apuestas y cualquier asunto relacionado con los juegos de azar.  Le parecían una invitación al resentimiento, a la envidia, a la fuerza de la naturaleza cuando parece destruir los hogares al desatar su furia, e interrumpe la vida con algo llamado muerte.

Su madre dormía sonoramente en la habitación cercana, y en su ronquido parecía imitar una vieja canción de cuna.  Ella había logrado algo siniestro: que su ronquido recordara una canción de cuna.  Algún día mataría a la vieja, se decía cada tanto, cuando ese ronquido se instalaba en su mente para despedazarle sus fantasías, sus alegrías e ilusiones...

Fue allí que se escuchó otro disparo. Inconfundible. En la seguridad de su casa, todo parecía volverse peligroso. ¿Y qué si uno de esos disparos atravesaba la pared de ladrillo hueco y terminaba con su vida? ¿Y qué si de pronto se terminaban para siempre los ronquidos  salvajes de su madre, durmiendo en la habitación de al lado? De sólo pensarlo sus manos empezaron a temblar. Su cuerpo estaba de pronto bañado en sudor y su frente era la frente de un asesino a punto de ser descubierto.  Es que las armas las carga el diablo, ¿acaso no sabe eso el vecino, el idiota del vecino que siempre se las ingenia para arruinarle a él los asados del domingo con su partido de fútbol atronando en la radio, mezclado con los gritos espantosos de su mujer cuando tienen sexo? Y qué habría pasado ahora, se preguntaba. Otra vez el silencio. Otra vez el ladrido lastimoso de algún animal en la calle que calaba el aire, como buscando una respuesta a los misterios del vecindario, como si el ladrido fuera a responderle  qué estaba pasando ahí al lado en esa casa de paredes ocres recién pintadas, que tenía unos dueños muy amistosos a veces, y que solían tirarle a ellos huesos y toda clase de restos de comida los domingos.

Su bronca empezaba a hacerse cada vez más evidente. Llamaría a la policía, que ellos se ocuparan.  Finalmente, para eso estaban ¿no?  Era inaudito que todas las noches, en medio del frío y de los ladridos, se oyera un disparo.  ¿Es que acaso tendría un equipo para imitar el sonido de las armas aquel idiota?

Todo era posible.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Las cuatro

El horror.  Hacer login en tu cuenta de facebook y encontrar que un hacker ha invadido todo y ha publicado mensajes en tu nombre.  Suena aterrador.  Eso exactamente es lo que le pasó al bueno de Horacio la noche del viernes antes de salir.   Estaba espantado, lo único que pensaba era en arrancarle las orejas al primero que se cruzara en su camino, después dárselas de comer a los perros.  Su odio era visceral aquella noche.  Qué tenía que hacer un maldito hacker entrando en su cuenta y arrasar con todo su buen nombre y honor que tanto le habían costado construir.  Por qué, se preguntaba angustiado, no había controles más estrictos para impedir el acceso de usuarios inescrupulosos que sólo se divertían haciendo daño a la gente... Este sería sin dudas, un delincuente común, con acceso a las últimas tecnologías de los navegadores y la informática en general.  Había logrado penetrar en su máquina que él tan celosamente guardaba en una maleta y después en una caja hermética bien cerrada fuera del alcance de los niños y los ancianos.  La explicación no la tenía.  Él no era uno de esos tipos, no entendía más que lo básico de las computadora.  Cómo encenderlas, como ejecutar un programa, cómo apagarla y cómo escribir o ver una película.  Ahora que hacía el recuento, en realidad le parecían muchas cosas.  Al fin y al cabo no era ningún estúpido -se decía contento. También es cierto que los programadores hacían cosas divertidas, porque hacerlo pasar a él justamente por alguien que mira videos prohibidos era ciertamente una broma.  No había manera de convencer a su círculo íntimo de que Horacio fuera capaz de hacer una cosa así.  De hecho, el día que aparecieron esos escritos en su muro, el estaba reunido con gente y todos fueron testigos de que nada tenía que ver con el asunto.  Vieron con sorpresa cómo su máquina empezaba a trabajar sola, sin la ayuda de nadie y vieron cómo ella solita se metía en distintos sitios de contenido para adultos, firmaba como tal, y se disponía a hacer play en las películas triple equis que tenía en un listado de sitios que venía adjunto.

Suerte para él.  Tampoco así logró frenar el avance de ese sujeto que intentaba tomar el control de su máquina y ciertamente lo lograba.  Era penoso.   Se sentía completamente invadido e impotente.  ¿Qué podría hacer ahora?  Todos sus amigos lo vieron.  Digo, sus amigos del facebook vieron como él marcaba como páginas favoritas a sitios de notable contenido pornográfico, de manera que salir a explicarles uno por uno que había sido tarea de un delincuente informático, era algo cuando menos impensado.  Amargura en su boca.  Tristeza en la piel y en la mente.  Abandono y firmeza en una sola determinación: cerrar su cuenta para siempre y olvidarse por completo de internet y todo eso.  Quería llamar de inmediato a que le suspendieran la conexión y dedicarse a cuidar su jardín.  Eso haría.  Nunca más un solo momento de asfixia como el que lo llevaba a estos pensamientos.  Nunca más un sólo minuto de espanto pensando cómo se cagarían de la risa sus contactos al verlo pasar por aquella tortura desmesurada e inmerecida.  Sin embargo lo consolaba saber que a su alrededor había gente que lo quería y que le servirían de testigos frente a cualquier maltrato y chiste indirecto de los que siempre lo tomaban a él como blanco.  Estaba seguro que encontraría al culpable.  Se sentía motivado y quería pensar que era una persona cercana de la familia o del grupo de amigos que solamente querían gastarle una broma.  Una broma intensa y de mal gusto pero los conocía bien.  Sabía cuánto disfrutaban del calzón chino y ese tipo de joditas insoportables y dolorosas, sobre todo cuando el estaba intentando hacer buena letra y conquistar a una chica.  Ahí, justo ese, era el momento, todos sabían cual era el momento exacto para dar el golpe de gracia que lo dejaría aturdido y moribundo para siempre, en una mueca avergonzante y ridícula.  La idea era sacarlo del medio, espantarlo, destruirlo.  Todo cuanto tenía relación con el.  Todo merecía morir, secarse, perderse.

Eran las cuatro de la mañana de un día viernes cualquiera cuando decidió empezar de cero y dejar atrás todo aquello.  Lo encontraron sin vida en una hamaca de ancianos, de esas que hacen ruido cuando te mecen.

viernes, 15 de febrero de 2013

Pensionados

Tal vez, aquel papel hallado en el piso sea importante, tal vez no.  Lo cierto es que Ramón se inclinó para recogerlo y se puso a leerlo con la tenue luz de la habitación en la que se encontraba, después de haber discutido con su mujer por lo mismo de siempre: las facturas impagas.

Se recostó en el sillón desafiando la hora y la molestia en sus ojos por la oscuridad reinante.  Se fue hundiendo en el texto de mala calidad, de libro de cuarta categoría, de lectura barata y sin sentido, mientras esperaba que se calentara el agua para el mate.  A esa hora, los mates eran una delicia,  él ignoraba porqué aquella infusión se había transformado en el eje de su vida.  Todo giraba alrededor del mate.  Con quién lo tomaba, con qué lo acompañaba, si el agua estaba a la temperatura exacta, si necesitaba más yerba o si la bombilla era la correcta.  Su computadora estaba apagada y le daba pereza sentarse a esperar que encendiera para buscar información sobre aquel texto extraño.  Acaso con solo poner unas breves líneas en el buscador encontrase a quién pertenecía, o de qué libro se trataba.  Pero prefirió seguir con la lectura, seguro de que terminaría en cualquier momento sin saber qué pasaba a continuación.  Era una hojita suelta de algún libro con mala encuadernación que hablaba sobre unas supuestas experiencias paranormales de un escritor que había viajado por la India y cosas así.   De pronto recordaba nítidamente el olor de los libros en la planta alta de una librería de San Luis.

Lo dejó en su lugar otra vez y sentía que todo el peso del día se le venía encima.  El mate estaba listo pero no tenía ganas ahora de sentarse a tomar y prefirió irse a la cama con su mujer aunque tuviese que soportar otra andanada de reproches e insultos por todo lo que estaban viviendo en aquella oscura pensión. No era justo que ellos tuvieran que pasar por esto.  Sentía la rabia de su mujer y la justificaba plenamente.  Sus deudas de juego habían superado todos los límites posibles.  A esta altura los acreedores se lo querian comer vivo.  A él y a su mujer también porque naturalmente la creían su cómplice.  Se fue acomodando a su lado, tratando de no hacer ruido pero fue en vano.   Ella comenzó de inmediato a meterlo otra vez en tema, lentamente sin llamar la atención, en pocos minutos estaban otra vez discutiendo sobre qué harían con las deudas.  Deudas que solamente él se había buscado con su adicción  a los juegos y a las estupideces que se venden en internet, de las que tenía lleno el armario de la habitación que alguna vez fuera para los chicos.  Los dos vivían solos en esa pensión después que los echaran de la casa donde vivieron por muchos años y que abandonaron por causa de la maldita hipoteca.  Tristísimo.

Tal vez, si vendiera algunas cosas, tendría para sacarla a pasear un domingo, hacer un asado e invitar a los viejos amigos o simplemente comprar ropa para los dos.  Pero no, él prefería tener esos trastos viejos y sin usar a modo de colección irracional allí en ese armario desvencijado y sucio que había en la pensión como un mudo testigo de todos los que pasaron por ahi alguna vez.  Personas sin techo, personas sin familia, sin empleos, sin recorridos por el mundo, sin estudios, sin gozar de buena salud o sexo, en fin, personas pensionadas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Juegos de invierno

Abrir el facebook, cerrar el facebook.  Hacerlo 20 veces en una hora para comprobar que no hay novedades interesantes, que la tarde pasó volando y que mirá la hora que  se ha hecho y el partido de fútbol  no se pudo organizar de ninguna manera, ni siquiera con las nuevas tecnologías.  ¿Acaso los amigos no tenían teléfonos y computadoras conectadas a internet?  Claro que sí.  Eran bastante hábiles con eso.  Todos sabían  que él estaba ansioso por jugar después de la lesión que lo tuvo fuera de las canchas por 8 meses.  Estaba aturdido y dolido por la actitud de ellos.  Qué mierda, era injusto.  Siempre había organizado lindos partidos, con premios, con bebidas frescas al terminar, con juntadas con chicas inclusive, hasta eso.  Ahora, resulta que él quiere armar un picadito y no le dan pelota. ¿Es que tanto atractivo tiene jugar fútbol en la casa, con la play que ya no les importa juntarse y rasparse un poco pero de verdad, en la canchita de acá a la vuelta?

No había manera de entenderlo.  Estaba revisando una y otra vez su correo, sus mensajes privados, y nada.  Era absurdo.  Todos estaban en otra.  Absortos y mudos frente a la pantalla de su móvil o de su computadora.  Inútiles, borrachos, hambrientos (o no, porque siempre había algo que llevarse a la boca) pero seguramente aislados del mundo.  Eso sin duda.

Aun así, sin siquiera pensarlo, se encontró mirando uno de esos perfiles sugeridos por el sistema, a un costadito de la pantalla.  Es un bombonazo -se dijo- mirá qué caramelo te estás perdiendo por insistir con el deporte, sos un nabo.  E hizo click.

Abrió el perfil de la rubia, y empezó a pasar fotos y más fotos, todas en una actitud sexy, casi diría provocadora, sin medias tintas.  Parecía ofrecerlo todo, de inmediato y fácil.  ¿Sería así? -se preguntaba de pronto, recordando los mil y un fraudes que había escuchado de internet..  Había que tener cuidado.  Pero lo mágico del encuentro era que le recordaba a alguien.  Alguien cercano y remoto a la vez.  Como si viniera de otra vida.  Tampoco había vivido tantos años como para que los recuerdos fueran remotos y lejanos en el tiempo. Tenía que haber otra explicación, otra razón para que eso ocurriera.  ¿Cómo podía ser posible que alguien tuviera ese nivel de cercanía para él, para sus sentimientos?  Imágenes volaban ahora, excitado, en su mente. Veía pasar una chica delante suyo, los hombros encogidos protegiéndose del frío nocturno.  Veinte vueltas en uno de esos juegos de parque de diversiones en donde volabas a gran velocidad y altura y los pelos se te ponían de punta, pero ella al lado daba gritos, divertida,  y lo tranquilizaba.  Esas imágenes lo torturaban.  Le traían recuerdos inquietantes y oscuros de una época que no recordaba claramente y  estaba seguro de conocer aquella chica del facebook.

"Enviar solicitud de amistad".  Click.

Y que sea lo que Dios quiera  -se dijo.

"Solicitud de amistad aceptada".   -Epa, ¿tan rápido? -volvió a murmurar.

-Hola, ¿quién sos? -leía en el chat.

-Hola, -empezó la charla- qué tal..., nada: te vi en los contactos sugeridos y me animé a conectarme.  Me pasa algo raro, me parece conocerte.  ¿Vos a mí no?  -preguntó.

-No, para nada.  ¿Dónde estudiaste? -respondió la chica, que escribía también velozmente.

-Fui a la secundaria acá  a la vuelta de casa.

-¿Y sos de San Rafael?  -preguntó ella, animada.

-Sí, claro.  De acá nomás.

-Ah, mirá, entonces en algún lado nos habremos visto. -insistió ella.

La tarde empezaba su marcha, y los planes de salir a la noche se amontonaban en la cabeza de Luciano pensando en las últimas salidas fallidas en las que había invertido tiempo y dinero.  No quería pasar por eso otra vez.  Esta, tendría que ser especial, con todos los condimentos de una buena salida de diversión. ¿Qué faltaba?  Más gente, tal vez.  Algún amigo con su novia o alguien que propusiera ella, como sea.

-¿Qué hacemos esta noche, tenés algún plan? -preguntó él.

-Eh, pará... recién empezamos a charlar,  yo no te he visto nunca -respondió ella con firmeza.

-Ah, está bien, no hay problema.  Estaba mirando tus fotos, sos muy linda -escribió el de pronto, sin poder creer lo que veía en su monitor.  Enter.

-Sos atrevido, pero gracias -contestó la chica.

-De nada.  ¿Salimos?  jajaja -escribió él.

-[carita feliz] No, todavía no -remató ella.

-Bueno, pero voy a crear un evento para el próximo jueves, vos y yo, solos a la tarde nos tomamos un helado en la heladería del centro -escribió Luciano-  Ya está.  Ahí te envío el evento privado para nosotros dos, este jueves a las siete de la tarde.  Listo.

-Ok.  Recibido. -contestó ella.

Luciano estaba radiante.  Había concretado una cita con una linda chica del Facebook a quien recién conocía por chat, y con quien sospechaba haber tenido algo en el pasado, tal vez la cercanía en algún juego mecánico, o tal vez, compartir el aula de alguna clase aunque ella lo negara.  Estaba seguro, sin embargo de haberla visto antes.  Sobre todo la imagen del parque de diversiones, con ella a su lado volando, él con ganas de vomitar y ella tan fresca como una lechuga invitándolo a subir a otro.  No pará, había dicho él, bajando el pulgar en señal de malestar, y con el rostro pálido.  Basta por hoy.  A mí esto no me gusta mucho, si te acompañé es porque me sentía mal en casa también pero por otra cuestión. Estoy saliendo de una relación dolorosa, alguien me dejó un poquito destruido, digamos, y estoy quedándome solo en casa mucho tiempo.  Mis padres dicen que eso no está bueno, pero a mí no me quedan ganas de hacer nada.  Estoy todo el día tirado en la cama, o mirando tele, y pensando y pensando cómo pudo pasar aquello.  Estoy triste además.  La perdí, me perdí, nos perdimos de vivir algo que pudo ser hermoso, y de pronto nos encontramos jurándonos odio eterno mirá qué loco, en vez de querernos un poco nos odiamos con tanta pasión que a mí me volcó.  Me dejó hecho pelota.   Por eso estoy agradecido que vengas y me llevés a los tirones a los juegos.  Son para chicos, pero qué más da, nosotros los disfrutamos igual. Bah, vos más que yo.  Sonrió.

El recuerdo había sido intenso.  Y los sentimientos estaban ahí, claramente, cada juego,  cada uno de los minutos que estuvo en soledad, mirando esa ventana, el cieloraso de la habitación, esperando que la tragedia a su alrededor se borrara.  Algo pasó entre los dos, algo hizo que se alejara, que no pudieran avanzar pero es que como él decía, estaba saliendo de una relación y no había espacio para algo nuevo, tan pronto.  Tenía que esperar.   Dejar que el tiempo curara las heridas y rearmarse para salir a la calle y enfrentar su verdad.  Era joven y tenía la vida por delante.



miércoles, 17 de octubre de 2012

Solos

Viajábamos estupendamente, como locos, yendo de banquina a banquina, creyéndonos inmortales y no pensábamos en otra cosa que llegar a destino.  Hartos del sol abrasador de nuestra ciudad, necesitábamos descansar y pasear tanto como un salvavidas veraniego.  Envuelta en su bata, mi mujer me había advertido que este año sí o sí iríamos de viaje o la pasaríamos muy mal en casa, pensando con tristeza en lo que nos estábamos perdiendo.

Ni bien llegamos, el conserje del hotel nos comunicó la bienvenida habitual reservada para los turistas que se atrevían a viajar más de 20 horas, y nos guió gentilmente hasta la habitación.  Eran las 8 de la noche, ya estábamos cerquita de la cena y además, teníamos hambre.  Un hambre brutal.  Nos sumergimos de inmediato en la ducha, nos amamos en silencio, y salimos frescos y limpios a completar el día con una comilona dedicada íntegramente a nuestra llegada, ahí donde horas atrás nos habían invitado a subir a las habitaciones tan gentilmente.

Leíamos la carta buscando vieiras, cornalitos, rabas y toda clase de bichos de mar tan extraños para nosotros, acostumbrados a los animales de granja y a la carne vacuna.   Sabíamos lo bueno de comer pescado y queríamos disfrutarlo ahora que estábamos tan cerquita del mar.  De hecho, era posible disfrutar de una hermosa vista de la playa con solo asomarnos a la ventana.  La mesa que nos había tocado estaba justo ahí,  daba a la calle y al mar.  Mirábamos de vez en cuando, siendo ya la noche, cómo las luces mostraban las olas rompiendo pero más que rompiendo, besando la costa.  Quizá, habíamos sido crueles con nuestros hijos.  Ellos allá,  en realidad tan aburridos de nosotros que nos habían mandado a pasear.  Ya eran mayores ciertamente, y podían arreglarse sin nosotros, eso estaba claro.

Así fue que la vista del mar, y de la promesa de una mañana divertida jugando en las olas, terminó por bendecir la mesa que nos habían servido y nos fuimos a dormir abrazados, placenteramente, escuchando las olas y el bramido del mar que lentamente besa y muerde a la vez.  A la mañana siguiente, nos fuimos a caminar.  Queríamos devorarnos la ciudad, caminar descalzos por la playa, comprar regalitos tempraneros  y empezar nuestras vacaciones definitivamente, conociendo un par de lugares que nos habían recomendado nuestros amigos de siempre, aquellos que habitualmente veraneaban allí, que dicen  conocer la ciudad de palmo a palmo, y lo han hecho siempre caminando y que ahora echábamos de menos.

Estábamos solos pero felices.


García Be

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Chicle

-Tené cuidado hermano,  mucho cuidado -dijo Esteban mientras acomodaba el cuello del buzo del muchacho que estaba a punto de subir al colectivo.  Este llevaba las herramientas para su trabajo de albañil en una caja de metal en la que tenía todo lo necesario para terminar lo que había comenzado hacía ya 3 meses.
Su hermano lo cuidaba siempre, y le hacía recomendaciones como de madre. Es que se llevaban varios años y el mayor siempre había hecho las veces de padre y madre a la vez y él lo dejaba hacer,  acostumbrado al buen trato y a su cariño. Arriba del colectivo recibió varias llamadas entre ellas, la de su propio hermano, apenas habían transcurrido 30 minutos y ya estaba preguntándole como estaba, si iba todo bien.
-Si, está todo bien, quedate tranquilo -dijo él, acalorado pensando qué pesado mi hermano, que me llama todo el tiempo.  Ya es bastante con que me pague el pasaje, y me vaya a buscar a la vuelta a la terminal. ¿Acaso también él estaría detrás de este trabajo, sería él quien me lo habría conseguido? No, no creo que de para tanto. Él tiene su familia, y se ocupa también de ellos, bah, de hecho lo hace pero por qué no me dejará tranquilo digo, no se… Me gustaría que alguna vez se diera cuenta que lo suyo pasa de castaño oscuro. Ya es peor que una madre sobreprotectora, cariñosa por demás, agobiante. En el viaje, tenía una compañía inquietante. Su vecina de asiento era una chica que por la vestimenta seguramente iba al colegio secundario del pueblo cercano. Eran 3 horas de viaje. Mirá que hacer este viaje todos los días para ir al colegio, hay que tener ganas, ¿eh?

-Hola, qué tal, ¿vas a Malargüe? -preguntó tímidamente.
-Sí -contestó ella, y dio vuelta la cara para mirar por la ventanilla y tomar un poco de distancia del muchacho encarador.
-Ah, yo voy a trabajar. Mi hermano insistió que dejara el estudio, viste, y que me dedicara a lo que me gusta, la albañilería -avanzó él, tratando de agradarle.
-No, pero eso no es buena idea, ¿cómo que te dijo que no estudiaras? -preguntó la chica mirándolo a la cara.
-Y sí, es raro pero es así. Me dijo que para él lo mejor era que empezara rápido a hacerme un lugar en alguna empresa constructora , y me dejara de boludeces con el estudio. Se puso en contra de mucha gente por esto -comentó.
-Y claro, es que no es buena idea. Imaginate que vas a ser empleado toda la vida, te van a tener corriendo de aquí para allá, y vos sin saber por qué, es horrible -argumentó ella.
-¿Qué vas a estudiar vos? -preguntó él.
-Mirá, todavía no lo tengo del todo resuelto, pero apenas termine la secundaria pienso irme a la capital, a Mendoza, a estudiar allá.
-Hermosa ciudad -comentó él y pensó que lo mismo podría decirse de ella.
-Así es -dijo-. Azafata, disculpame, ¿no me traes un vasito de agua por favor?
-Sí, un segundo ya te lo traigo -contestó la chica.
-Como te decía, quiero estudiar periodismo allá, es la mejor universidad de la provincia.
-Ah, periodismo, qué interesante, vas a saber mucho de todo. De todo y de todos! -dijo sonriendo.
-Sí, periodismo político, es lo que más me gusta. Me paso el día leyendo sobre historia argentina y latinoamericana. Todo lo que sea política me gusta, me apasiona. Pero no me veo trabajando de eso, quiero decir, en política -argumentó ella, volviendo la vista hacia el paisaje mortecino de la ventana.
-Está bien, me encanta. Me gusta que la gente se ocupe de la política, hace bien en hacerlo. Muchas veces discuto con mi jefe. El tiene una postura bastante contraria a este gobierno, a mi me parece bien, yo lo respeto. Lo que no veo de su parte es eso justamente, un poco de respeto al que piensa diferente.
-Ah, eso es patético. Me asusta la gente así -dijo ella, recordando alguna situación dolorosa.
-Son unos idiotas. Pero qué querés, son una barbaridad todos esos años de dictadura.

Lucía se sintió cansada. Dió media vuelta en su asiento y se acomodó para dormir siempre que su imprevisto compañero de viaje la dejara hacerlo. Miró el paisaje montañés y fue cerrando débilmente su conciencia hasta hundirse profundamente en un sueño blando y delicado como le gustaba a ella casi todo en la vida. De pronto soñó que viajaba dentro del viaje. Que podía elevarse entre aquellas montañas nevadas y recorrerlas a pocos metros del suelo velozmente, parando donde quisiera, llegando a lugares que nadie puede llegar gracias a su sistema super moderno de viaje, suspendida a metros del suelo o a la distancia que ella considere prudente. No quería mirar su espalda, sabía que algo la sostenía, pero prefería mantener la vista en el en el frío paisaje de alta montaña y no mirar para atrás. Aquello podía ser una máquina con propulsores o simplemente unas manos como garras. Y era aterrador pensar en algo así.   Pero... ¿por qué no recordaba el comienzo del viaje, por qué no tenía presente el momento en que cargó combustible y pagó, y le pidió consejo al chico de la bomba de nafta, acerca de los lugares que podía visitar en aquella nave moderna y precaria a la vez, que ella desconocía por completo? Era misterioso.
Pero la distraía del paisaje. A lo lejos divisaba un riacho que descendía de lo alto, se hundía de pronto y se perdía de vista. La poca vegetación reinante le permitía mirar cualquier detalle del terreno. Algunos animales a su derecha le recordaron las fiestas de navidad en la región donde la comida principal eran los chivos de la zona. Sabía que en alguna dirección se encontraría con el avión de los uruguayos, pero en cuál. Y ahí cayó en la cuenta que no traía su GPS. Estaba viajando sin dirección, pero el viaje era super facil también. Se orientaba por las luces, el sol, las montañas y se dirigía hacia donde quisiera, con solo pensarlo y a la velocidad que quisiera, o que ella soportara. Era fascinante.

La dama de las siete

Escribo estas líneas para pasar el rato, o quizás para intentar poner orden en este despelote que llamo vida, aunque sepa de antemano que...