Solos
Viajábamos estupendamente, como locos, yendo de banquina a banquina, creyéndonos inmortales y no pensábamos en otra cosa que llegar a destino. Hartos del sol abrasador de nuestra ciudad, necesitábamos descansar y pasear tanto como un salvavidas veraniego. Envuelta en su bata, mi mujer me había advertido que este año sí o sí iríamos de viaje o la pasaríamos muy mal en casa, pensando con tristeza en lo que nos estábamos perdiendo. Ni bien llegamos, el conserje del hotel nos comunicó la bienvenida habitual reservada para los turistas que se atrevían a viajar más de 20 horas, y nos guió gentilmente hasta la habitación. Eran las 8 de la noche, ya estábamos cerquita de la cena y además, teníamos hambre. Un hambre brutal. Nos sumergimos de inmediato en la ducha, nos amamos en silencio, y salimos frescos y limpios a completar el día con una comilona dedicada íntegramente a nuestra llegada, ahí donde horas atrás nos habían invitado a subir a las habitaciones ...