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Crudo

"¡Ah bueno! Con los amigos no.  Con los amigos no te metas maldito estafador." Matías comía su manzana recordando las palabras de aquel conocido suyo que le traía a la memoria a su padre cuando se ponía a darle consejos absurdos y supuestamente bien intencionados.  El quería marcharse de aquel lujoso estadio de fútbol y comenzar una nueva vida alejado de los rumores de infidelidades y acoso sexual en que se había visto envuelto la última temporada. Temblaba.  Sentía frío, y claro, las ventanas estaban abiertas y el maldito aire polar se colaba asechándolo y entumeciendo sus manos que pedían a gritos unos guantes para pasar el invierno.  Su mirada vagaba insegura en torno a las fotografías que había colgado en las paredes del estadio.  Viejas glorias del fútbol local, en curiosas imágenes blanco y negro donde habitualmente aparecían viejos vecinos de la zona formando el equipo  antes de salir a la cancha, o también las de algunos osados y atrevidos esposos...

Sereno y tranquilo

En otro dormitorio contiguo al suyo, Martín tenía escondida la treinta y dos con la que terminó para siempre con los problemas de su vida.  Así lo sentía él, acurrucado en su sillón, terminando un vaso de vino con aquellos maníes salteños que conseguían en un almacén único del barrio.  ¿De dónde los sacaban?  ¡Eran sencillamente espectaculares!  Sin embargo, se sentía sólo.  Estaba solo.  Él y su secreto, bien guardados. Al momento de esconder el arma no había considerado siquiera las medidas de seguridad aprendidas en la escuela de tiro.  Estaba bien donde estaba, encima del placard de la habitación, bien a mano por si se presentaba la ocasión de usarla en su defensa o en defensa de su familia.  Siempre con una bala en la recámara y con el seguro colocado, pero fuera de su estuche.  Al alcance.  Estaba contento.  Por fin su problema había concluido y todo gracias a esa pistola calibre 32 que había utilizado con tanta precisi...

La terapeuta

Eran las seis menos cuarto.  Sergio guardó lo que tenía en su mano, subió el cierre y apretó el botón, mientras miraba sin ver por la pequeña ventana que daba al patio del consultorio de la terapeuta que lo estaba tratando. -Faltan 15 minutos y me rajo por fin de aquí -dijo en voz baja arreglándose el pelo al espejo.  -Qué tengo yo que andar contándole mis cosas a esta mujer cara de nada que me mira por encima de esos lentes viejos y gastados, por Dios, en qué estaba pensando cuando acepté venir, pedir turno, organizar los horarios de trabajo y, lo que es peor, decirle a mis amigos que estaba en tratamiento para curarme mis manías.  En especial la de enterrar sobras de comida en el patio, los días lunes. Abrió la puerta.  La terapeuta estaba desnuda en el diván, sin los anteojos, el pelo suelto y la mirada clavada en él señalándolo con el dedo como diciendo "vení querido, vení conmigo..."  Ni en sus mejores sueños se había atrevido a pensar en una situación a...

Una bonita historia

De pie frente al empleado del banco, contaba el dinero, cuando escuchó los disparos al aire (una locura) y los gritos de la gente y las amenazas del ladrón.  De inmediato buscó alrededor una mirada que le dijera qué hacer en una situación como esa.   Tirarse al piso, con dinero nuevo, su dinero, sus ahorros y un maldito chorro al acecho.  Qué mala suerte.  Ahora tendría que entregarle todo y pensar en la fortuna de seguir con vida, si es que aquel delincuente tenía la bondad de dejarlo ir.  ¿Y si estaba drogado o borracho y enloquecía de pronto, y empezaba a los tiros contra él y los que estaban ahí en la fila?  Sería estúpido morir así, de ninguna manera lo permitiría.  En especial por su familia que lo estaba esperando.  Sano y salvo y con dinero.  Ojo.  Mucho cuidado con volver con las manos vacías.  Mucho cuidado con volver a casa con las manos lastimadas.  Tendría que hacer algo con aquel tipo.   No sabía qué, pero de...

En las nubes

¡Cómo quisiera usar mi computadora en este momento! -dijo el muchacho agazapado entre los barrotes fríos de la prisión, mirando hacia el patio de la celda.  Se sintió penosamente aturdido por el griterío confuso de otros internos.  Alguien había recibido un puntazo en el abdomen, estaba seguro. Era un guardiacárcel, que pasó corriendo frente a su celda, rengueando y dejando a su paso un reguero de sangre.  Pensó en lo divertido que se estaba poniendo aquello.  Era la segunda semana de condena cumplida y ya había movimientos inquietantes dentro del penal.  Lo inquietante era que el guardia no llevaba la pistola reglamentaria.  Probablemente se la habían quitado en la pelea, o posiblemente no ingresaba a ese sector con su arma por seguridad.  Pero él sabía que todo podía pasar de un momento a otro.  Le habían advertido que esa cárcel era de máxima seguridad, que los nenes que estaban ahí encerrados podían hacer cualquier cosa.  Ya sea co...

Quería vivir ahí

La mente tiene esas extrañas ideas que te complican la vida unas veces y otras que tal vez te sacan de apuros.  El caso es que mi amigo Verardi un día decidió quitarse la vida subiéndose a un edificio lindero al hospital psiquiátrico del barrio, para desde allí tirarse al suelo, eran unos cuatro o cinco pisos más o menos.  Digamos que las posibilidades de matarse eran cincuenta y cincuenta, quiero decir, uno ve la altura y dice sí, desde acá te matás pero en realidad no lo es tanto.  Hay posibilidades de quedar vivo y mal herido... y eso sería fatal. Verardi quería hacerlo bien, pero el ahorcamiento le parecía espantoso, no había forma que se confundiera con un accidente.  Y armas no tenía, le producían un escalofrío de solo verlas.  En cambio la caída era diferente, uno puede hacer pensar que tropezó y se cayó.  De modo que no estaba en sus planes dejar carta alguna, simplemente quería suicidarse de manera segura incluso al punto de confundir a la policí...

La izquierda

Eduardo trabaja en la pensión de Elsa.  Corre las cortinas en la mañana, deja entrar la luz y barre el piso de las habitaciones, ordena los cuartos que tiene a cargo, que son cuatro, y saca a pasear el perro, un gran-danés del tamaño de una locomotora que tiene el andar lento y la orina fuerte por los golpes y la vejez. Eduardo tiene una mueca de dolor permanente a causa de su muñeca izquierda, mal curada después de la operación a la que fue sometido a raíz de un accidente, por eso le duele terriblemente algo tan sencillo como pasear al perro y no tiene más remedio que hacerlo, si no lo castigan.  En la pensión tienen reglas estrictas para la gente que se hospeda y reglas crueles para los que trabajan ahí.  Reglas crueles que no termina de entender.  Reglas siniestras y absurdas que terminan por destruir a la persona, convirtiéndola en un ser vil y deprimido que pasa el día rumiando su venganza y destrucción de todo cuanto lo rodea.  Y el ha terminado creyénd...