Entradas

En el camino

El chofer del camión se estremece después de atravesar la bajada del río, pensando hubiera sido malo quedarse atascado en el agua, como le ocurrió aquella vez que lo rescataron varios cientos de metros aguas abajo milagrosamente.  Ahora mira la estampita de la Virgen, se persigna agradecido y sigue su camino recordando amablemente a su jefe, que le había dicho, ¡vamos, al camión, con todo y melones, que en el camino se acomoda la carga!  Más adelante, un cartel declara la proximidad de su destino: 100 kilómetros de puro asfalto sinuoso y en subida.  Sólo 100 kilómetros y volverá a ver a su familia. Su hijo menor está dando las primeras batallas en la ruta.  Ya se anima a manejar, con él al lado, pero algún día será su reemplazo natural.  Va a heredarle todo su prestigio al mando del vehículo, quiere enseñarle todos los trucos y mostrarle todos los atajos, las ventajas y desventajas de este trabajo sucio a veces, y grato algunas otras, las menos. En todo es r...

El Amigo

Imagen
García Be

Rufino lanzado (XVI)

Serenamente recostado en su habitación Rufino estudia un manual de instrucciones del último aparatito que compró.  Un GPS.  ¡Para qué habría de necesitar semejante artefacto este muchacho!  Lo vio en vidriera y sin pensarlo sacó su billetera y entregó el dinero necesario.  Se fue a su habitación como un niño chico con juguete distinto.  Distinto y nuevo.  Cero kilómetro.  Eso le falta, un cero kilómetro, o un usado o algo en qué moverse y con qué perderse.  Camina la ciudad y su nuevo orientador le resulta prácticamente inútil.  Conoce todas las bocacalles, todos los atajos, todas las veredas y los nombres de las calles ya le resultan familiar. Sin embargo, en la soledad de su cuarto estudia el manual que le promete divertidas aventuras y encuentros inesperados, tal como el lo soñó alguna vez. Observa por la ventana de su habitación intentando divisar algún satélite de los que se vale su GPS pero le resulta difícil.  En su pueblo el ci...

De madrugada

Imagen
García Be

Rufino lanzado (XV)

Llegó caminando al estudio del abogado.  Miró la placa en la puerta, tocó timbre y pasó. El lugar tenía el perfume que a Rufino le gustaba, una suave brisa marina parecía recorrer la sala, sin conocer el mar el creía reconocerlo ahí.  Se sentó a esperar y de inmediato tomó una revista y se puso a ojearla nerviosamente.  Había otras personas esperando. Una chica rubia a su izquierda, de muy buen gusto vestida, que seguramente olía muy bien también.  Pero es así -pensó Rufino- acá te encontrás de todo, si no mírame a mi, que me cita la policía por un simple caso de robo. Por que estará ella aquí, cual será el caso policial que la trajo y ahora es objeto de las miradas y el pensamiento de Rufino quien dejó de estar interesado hace rato en esa revista.  Ella rompe el silencio inesperadamente con una bofetada en el alma de Rufino: viene a denunciar a su marido por abandono.  La dejó tirada en la calle, en medio de la noche, según dice porque no se animó a irse d...

Rufino lanzado (XIV)

Rufino corría mientras se desplomaba una manga de piedras al mejor estilo cacería humana, lanzada contra todos en esta ciudad ahora gris de nubes y malhumor.  En esto estaba cuando alguien salía de un negocio de la cuadra y tropezó con él y los dos cayeron al suelo, al agua, a las piedras amontonadas.   Resbalaron por el colchón de granizo que ya se había juntado en la vereda, y los dos se miraron a la cara confundidos, aturdidos y llenos de bronca. Pero qué haces boludo -quiso decir Rufino- pero se guardó la puteada pensando que tal vez él también tenía la culpa del incidente.  El otro flaco se levantó rápidamente y siguió corriendo, detrás de el, el dueño del kiosco salió con el inalambrico en la mano, llamando a la policía: le acababan de robar.  Ese idiota que tropezó en la puerta del negocio, se llevaba la recaudación del día.  Bien hecho por hijo de puta.  Que se parta la cabeza en la esquina también, gritaba mientras le contestaban del otro lado...

Rufino lanzado (XIII)

Rufino se sentía solo y triste por primera vez desde que llegara a la ciudad. Era mediatarde del domingo y su semblante estaba pálido por esto de la primavera. Su tristeza era toda suya, había estado durmiendo ese día en su cuarto, solo, recordando su llegada a la ciudad buscando conocer y estudiar eso que llamaban computadoras e internet. Al final, se había ido por las ramas, distraido por tantas cosas nuevas que encontraba a su paso y sobre todo sus amistades nuevas: doña Rosa de la pensión y su vecina del otro cuarto, la que había rechazado su revista de historietas por aburrida -decía- y fea. Rufino quería conversar con ella, y preguntarle tal vez si tenía computadora y le enseñaba los primeros pasos. Caminó hasta la habitación y golpeó la puerta. Silencio. -Pasá -escuchó que le decían muy bajito. Rufino tímidamente se animó a entrar. Se preguntaba qué estaba haciendo si estaba loco o qué. Pero avanzó en una habitación semioscura, con un velador mínimo orientado a la pa...