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De madrugada

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García Be

Rufino lanzado (XV)

Llegó caminando al estudio del abogado.  Miró la placa en la puerta, tocó timbre y pasó. El lugar tenía el perfume que a Rufino le gustaba, una suave brisa marina parecía recorrer la sala, sin conocer el mar el creía reconocerlo ahí.  Se sentó a esperar y de inmediato tomó una revista y se puso a ojearla nerviosamente.  Había otras personas esperando. Una chica rubia a su izquierda, de muy buen gusto vestida, que seguramente olía muy bien también.  Pero es así -pensó Rufino- acá te encontrás de todo, si no mírame a mi, que me cita la policía por un simple caso de robo. Por que estará ella aquí, cual será el caso policial que la trajo y ahora es objeto de las miradas y el pensamiento de Rufino quien dejó de estar interesado hace rato en esa revista.  Ella rompe el silencio inesperadamente con una bofetada en el alma de Rufino: viene a denunciar a su marido por abandono.  La dejó tirada en la calle, en medio de la noche, según dice porque no se animó a irse d...

Rufino lanzado (XIV)

Rufino corría mientras se desplomaba una manga de piedras al mejor estilo cacería humana, lanzada contra todos en esta ciudad ahora gris de nubes y malhumor.  En esto estaba cuando alguien salía de un negocio de la cuadra y tropezó con él y los dos cayeron al suelo, al agua, a las piedras amontonadas.   Resbalaron por el colchón de granizo que ya se había juntado en la vereda, y los dos se miraron a la cara confundidos, aturdidos y llenos de bronca. Pero qué haces boludo -quiso decir Rufino- pero se guardó la puteada pensando que tal vez él también tenía la culpa del incidente.  El otro flaco se levantó rápidamente y siguió corriendo, detrás de el, el dueño del kiosco salió con el inalambrico en la mano, llamando a la policía: le acababan de robar.  Ese idiota que tropezó en la puerta del negocio, se llevaba la recaudación del día.  Bien hecho por hijo de puta.  Que se parta la cabeza en la esquina también, gritaba mientras le contestaban del otro lado...

Rufino lanzado (XIII)

Rufino se sentía solo y triste por primera vez desde que llegara a la ciudad. Era mediatarde del domingo y su semblante estaba pálido por esto de la primavera. Su tristeza era toda suya, había estado durmiendo ese día en su cuarto, solo, recordando su llegada a la ciudad buscando conocer y estudiar eso que llamaban computadoras e internet. Al final, se había ido por las ramas, distraido por tantas cosas nuevas que encontraba a su paso y sobre todo sus amistades nuevas: doña Rosa de la pensión y su vecina del otro cuarto, la que había rechazado su revista de historietas por aburrida -decía- y fea. Rufino quería conversar con ella, y preguntarle tal vez si tenía computadora y le enseñaba los primeros pasos. Caminó hasta la habitación y golpeó la puerta. Silencio. -Pasá -escuchó que le decían muy bajito. Rufino tímidamente se animó a entrar. Se preguntaba qué estaba haciendo si estaba loco o qué. Pero avanzó en una habitación semioscura, con un velador mínimo orientado a la pa...

Rufino lanzado (XII)

Salió de su cuarto con una revista en la mano. Quería prestársela a ella que estaba con insomnio y fumando en la escalera. Todo el tiempo que había perdido buscando alguien así ahora veía claramente que era su oportunidad de ofrecerse como amigo, de arrimarse como compañero de vida, de proyectar algo junto a ella. Era una revista de historietas que Rufino había comprado ahora que vivía en la ciudad; historietas duras, con gráficos inquietantes y de muy buena calidad. Se había sorprendido, jamás antes había visto algo así. Quería ofrecerle la revista a ver si le ayudaba a conseguir el sueño. -Leete esto -le dijo. -Ay gracias Rufino, no te hubieras molestado -le contestó y tomó la revista con interés. -Fijate la de indios, está rebuena -dijo él. -Gracias otra vez, besito. -dijo dulcemente y se fue a su habitación dejando ese perfume que enloquecía a Rufino, que la miraba de atrás suplicando que lo invitara a seguirla. Se quedó ahí un rato. Impávido, sordo, enmudecido por aquellas m...

Lucha

Llegué a la cocina en el momento justo para ver cómo entraba una araña tarántula enorme como buscando refugio. Quise aplastarla de un pisotón pero se escabullía con una rapidez inusitada. En eso llegó Ella que había escuchado mi voz, y empezamos a seguirla juntos pero era imposible. Se metió debajo de la cocina. Cuando salió, se subió por su pierna pero quien gritaba era yo. Quiso agarrarla ella misma con la mano -imaginate yo, espantado-, y la agarró finalmente muy tranquila. La revoleó hacia afuera. Ahí le arrojé lo primero que encontré, una manguera enrrollada con toda la furia ¡y le pegué! Tiré hacia mi para ver si era cierto y venía toda sucia, ensangrentada, seguramente la había matado. Yo era el cantante principal en las fiestas familiares. García Be

Rufino lanzado (XI)

De aquella muerte poco se supo en la pensión, solo quedó el recuerdo de doña Rosa enfurecida con los brujos (así llamaba ella a los que escribían barbaridades en el diario) y uno que otro portazo. Rufino lo recordaba aquel sábado contándolo con el mayor lujo de detalles del que era capaz a todo nuevo pensionado. Su explicación rozaba lo inverosímil. Que doña Rosa tenía indicios -según él- de dónde había sido la muerte pero acá se busca tapar todo, decía. La negación de aquel caso publicado hasta en los diarios había llamado la atención de Rufino que empezaba a darse cuenta cómo se manejaban en la ciudad, con qué rapidez se tapaban algunos hechos y de qué manera se miraba para otro lado cuando el tema aparecía en las conversaciones. A nadie le gustaba quedar como un desubicado comentando semejantes cosas. Mejor callarse. Era doña Rosa, sin embargo, la que aquella mañana estaba hablando sobre la muerte misteriosa ocurrida en su propio barrio. -Para mí que fueron los Benavidez -di...